Mazzacurati, uno de los más delicados y serenos cineastas de Italia, que no ha encontrado su merecida repercusión internacional, vivió alejado de los cenáculos cinematográficos, en la provincia de Véneto, en su Padua natal. Desde allí observaba y contaba el mundo, con una mirada empática pero nunca melodramática. Relataba las vidas de personajes cotidianos, perdedores y soñadores, como fueron los protagonistas de las comedias agridulces de Dino Risi o Mario Monicelli. Grande y regordete —con una barba tupida bien veteada de canas en los últimos años— fue artista y hombre atento, reflexivo e irónico. Uno de sus cameos más divertidos es el de su papel de crítico cinematográfico al que su amigo y colega Nanni Moretti atormenta en Caro diario (1993), culpándole por una recensión positiva y oscuramente intelectual de la película Harry, lluvia de sangre.
Mazzacurati dirigió su primera cinta, Notte italiana, en 1987, gracias al apoyo de la Sacher Film, la productora de Moretti. La última, la ya mencionada La sedia della felicità, la rodó cuando ya sabía que la enfermedad no tenía remedio. Fue presentada este otoño en el festival de cine de Turín como su testamento artístico. Entre las dos obras, el autor firmó 19 películas, la mayoría ambientadas en el noroeste del país, la zona de Italia que mejor conocía y más amaba. Un paisaje de llanuras borrosas por la niebla, naves industriales y repentinos desgarros de belleza imprevista, que sirve de metáfora de la humanidad que puebla sus historias. Una humanidad intensa y cercana que se coaguló en los rostros de algunos actores fetiche — Antonio Albanese, Silvio Orlando, Giuseppe Battiston, Fabrizio Bentivoglio—, a los que él descubrió.
“La muerte de Carlo Mazzacurati priva al cine italiano de un intérprete de gran originalidad”, escribió el ministro de Cultura Massimo Bray al conocer su fallecimiento; “era hábil en contar con inteligencia su territorio, su preciosa identidad de historia y memoria, en diálogo con el mundo global”, proseguía la nota.
Para entender su poética minimalista y profunda, el cinéfilo español debería recuperar al menos dos de sus producciones. Il toro (1994), galardonada en Venecia, cita que suele ser bastante avara con los creadores italianos. Es la historia de amistad y desesperación, solidaridad y ganas de rescate, de dos ganaderos en el paro que deciden robar Corinto, un valiosísimo toro semental. El pretexto narrativo, pero no el desenlace y el tono, se parecen al de La lingua del santo (2000) un drama social disfrazado de comedia: dos amigos fallidos viven con pequeños hurtos inocentes, hasta que un día deciden sustraer una reliquia de San Antonio —lo que pasa por su lengua— de la catedral de Padua.
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